Hoy voy a una fiesta de 50 años donde todos vamos a estar pendientes de un encuentro.

Resulta que de chicos teníamos a ese amigo con un carisma y una facha descomunal, pero como era tan buen tipo no generaba envidia, sino admiración. Pongamos que se llamaba Martín. Martín, además, era de esas personas que tienen facilidad para los deportes y a las que todo lo que hacen les sale bien.

Por otro lado, estaba, pongamos, María. Tan linda y simpática que dolía estar cerca de ella.

Siempre en tono de joda, los amigos de Martín nos preguntábamos qué pasaría si se encontraban Martín y María. ¿El universo se detendría o tanta perfección haría que chocaran?

La cuestión es que, naturalmente, como no podía ser de otra manera, Martín y María se conocieron y nunca más se separaron. Daban ganas de estar con ellos. Tan iluminados se los veía juntos. Se generaba un clima sobrenatural: su amor nos traspasaba a todos.

Cómo se miraban. María lo miraba con una admiración que nunca más volví a ver en alguien. Él la miraba y no podía parar de sonreírle. Lo más increíble era que, además de ser bellos, eran graciosos. Creo que todos nos enamoramos un poco de ellos dos.

Todos queríamos tener una pareja así. No digo que nos gustara María, porque siempre nos pareció inalcanzable. Solo queríamos querer a alguien así y que nos quisieran de esa manera, nada más.

Cada uno tenía su propio brillo, no lo voy a negar. Pero cuando estaban juntos era otra cosa. Repito: yo nunca más vi algo así. Siempre iban juntos de un lado para otro.

Pero pasó lo que no debía pasar. Una noche, una chica linda —pero ni cerca de lo que era María— lo sedujo y lo hizo cometer el error de su vida. Yo sé que éramos jóvenes y cualquiera se puede equivocar. Mi teoría es que esa chica quería tener lo que María tenía. Pero eso era imposible y todos lo sabíamos.

La ruptura nos dolió a todos. Nos demostró que todo era rompible, frágil, y que el amor perfecto no existía, o al menos no duraba para siempre.

Yo fui testigo de cómo sufrieron esas dos personas. Cuando estábamos en un asado o en una reunión, no se podía mencionar la palabra María porque era notable cómo le cambiaba la cara.

En alguna ocasión lo acompañé en una de esas borracheras que buscaban sacar el dolor visceral desde la raíz. Martín nunca hablaba de ella; se la aguantaba como un gladiador, pero se le veía en los ojos.

Esa noche, cuando íbamos caminando por la calle, le escuché decir —en una especie de murmullo para sí mismo—:

“no la voy a poder olvidar nunca”.

Y caímos en una borrachera de la que nunca volvimos a hablar.

Por otro lado, a ella no la veía mucho, pero teníamos buena onda. Yo podía sentir su dolor y, aun así, no dejaba de ser bella ni de sonreír.

Una noche, entre amigos, recuerdo que cuando me despedí nos abrazamos. Me miró como diciendo sálvame. Me dio un beso. Yo le sonreí, la abracé de nuevo y me fui a mi casa. Sentí que había hecho lo correcto, aun sabiendo que era la chica más linda del mundo. No quería competir y nunca iba a estar a la altura de Martín.

Ambos formaron parejas, y se los veía bien, pero no era lo mismo. Creo que nunca más se volvieron a ver. Aunque ahora que lo pienso, en una ocasión puede que se hayan cruzado, pero aún no estaban preparados para mirarse.

Pobres las parejas de ambos. Todos queríamos que volvieran a estar juntos, y creo que esas parejas lo sabían. Y por eso no perduraban.

La cuestión fue que esas dos almas no podían vivir en un mismo espacio, en una misma ciudad. Era una sombra que los perseguía.

Y ella, María, se fue a vivir a España —sabemos que huyendo— y Martín quedó aquí, un poco refugiado en el trabajo.

Pasaron algo así como 30 años de esta historia. Y todos pensarán que pasado, pisado. Pero yo creo que no habrá habido ni un solo día en que uno no haya pensado en el otro. Sé que formaron familia y todo.

La cuestión es que hoy tenemos una fiesta de 50 años y María vino de España para el festejo.

Estamos todos muy emocionados. No tanto por el cumple —jajaja, pobre mi amigo el cumpleañero— sino porque estaremos pendientes del momento en que María y Martín se encuentren.

¿Los planetas volverán a chocar?

¿Será inevitable que la fuerza cósmica del amor no pueda más que unirlos?

Quiero ver el momento en que alguno de los dos atraviese la puerta y crucen miradas.

Ese abrazo luego de 30 años.

Mañana les cuento cómo fue.

Historias camboyanas

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